(Publicado en Revista Masónica de Chile, Año XVII Nº 1-2, Marzo – Abril 1940).
I.-
HISTORIA.
Después de la conquista de la Tierra Santa por los Cruzados, los Sarracenos, no teniendo
con quienes combatir, se dedicaron a atacar las caravanas de los peregrinos
cristianos, que en inmenso número se dirigían a Jerusalén.
Algunos caballeros franceses, entre los que
se encontraban Hugo de Paganis, Godofredo de San Omer, Andrés de Montbard y
otros, alarmados por este estado de cosas, resolvieron consagrarse a la defensa
de los penitentes que se dirigían a los Santos Lugares y a la conservación del
Santo Sepulcro.
El año 1118 formaron una Comunidad con el
nombre de Caballeros de Cristo. El
Patriarca de Jerusalén los tomó bajo su protección y recibió su primer
juramento.
El rey de Jerusalén Balduino II les dio un
asilo en su palacio cerca del lugar en que según la tradición, estuvo el Templo
de Salomón.
Desde 1118 a 1127 esta Comunidad
de Caballeros observó la regla de San Agustín y llevó el hábito seglar.
Finalmente, en 1127, Hugo de Paganis y
otros caballeros fueron a Roma para obtener del Papa Honorio III el permiso de
formar una nueva Orden religioso – caballeresca semejante a la de los
Hospitalarios.
Con este fin un Concilio fue convocado en
Troya. El 13 de Enero de 1128 se les dio una nueva regla, que en sus capítulos
principales, había sido redactada por San Bernardo y desde este momento quedó
constituida la “Frates militix Templi”,
o sea la nueva “Orden de los
Templarios”.
La nueva regla que constaba de 72 artículos
señalaba el hábito de los nuevos caballeros formado por una túnica con un manto
blanco.
La jerarquía constaba de tres grados: Milites, Armigeri y Clientes, es decir, Caballeros, hermanos de armas y servidores
domésticos.
Durante los seis años que siguieron a su
fundación, la Orden
de los Templarios fue objeto de las más vivas adhesiones. San Bernardo la
recomendó a los príncipes cristianos escribiendo en su honor una exhortación
titulada “De Militia Dei”.
Emperadores, Reyes y Papas no cesaban de hacerle dones y otorgarle privilegios
hasta que en 1143 el rey de Francia Luis VII limitó estas liberalidades tan
entusiastas.
El Papa Eugenio III les acordó en 1146 el
derecho de llevar una cruz roja sobre el manto blanco.
Cuando su primer Capítulo, celebrado en
Jerusalén, los Templarios se reunieron en número de 600, la mayoría gentiles
hombres, de las principales familias.
El 27 de Abril de 1147 en su hogar de París
conocido con el nombre de Casa del Templo, celebraron un gran Capítulo en
ocasión de la Cruzada
de Luis VII.
Por los servicios prestados por la Orden durante esta Cruzada,
el rey a su vuelta a Francia, les otorgó nuevos privilegios. Los Templarios
estaban exentos de impuestos, de cargos de toda naturaleza, del pago de
derechos de dominio, no debían prestar servicio militar al rey, únicamente a la Cruzada.
Uniendo la abstinencia del claustro al
valor del soldado, el coraje a la abnegación, los Caballeros Templarios
prestaron eminentes servicios a los cruzados.
Eran tan respetados, que los Emires musulmanes en los tratados,
exigían la palabra de estos caballeros como garantía, pues los consideraban
como los hombres más puros y buenos, incapaces de faltar a su palabra de honor.
En 1173, el Papa Alejandro III por una Bula
sustrajo a los Templarios de la autoridad del Patriarca de Jerusalén,
colocándolos bajo su única autoridad.
Las posesiones del Templo en Oriente y en
Occidente llegaron a ser inmensas. Desde el siglo XII al XIII ejecutaron, a lo
largo de las costas, de los montes y hasta del desierto mismo, trabajos
gigantescos, consistentes en edificios fortificados. Poseían tierras y hasta
ciudades con sus correspondientes rentas.
Pronto los Templarios fueron más ricos que
los reyes y sus privilegios pesaron sobre los bienes de la Iglesia.
La costumbre de los reyes de pedir
préstamos a los Templarios data desde el principio de su establecimiento en
París.
Cuando el rescate de san Luis en 1250, los
caballeros facilitaron al rey 200 mil libras.
La sumisión de los Templarios al papado no
fue siempre observada. En efecto, una carta de Clemente IV en 1265 nos los
muestra desdeñosos de someterse a su autoridad. El Papa les predecía que si se
obstinaban, su ruina sería completa.
El Concilio de Salzburgo en 1291 otras
asambleas eclesiásticas pretendieron reunir a los Templarios con los
Hospitalarios, pero sin resultado.
Los Templarios fueron los últimos
cristianos que defendieron en Oriente la causa de los Cruzados. Vencidos en San
Juan de Acre (1291) por los sarracenos, tuvieron que evacuar el continente
asiático, refugiándose en la isla de Chipre con los Caballeros Hospitalarios y
los Teutónicos, en donde permanecieron hasta 1304.
Desde 1296 a 1304 la Orden estuvo mezclada en las
querellas del rey de Francia, Felipe el Hermoso, con el Papa Bonifacio VIII.
El 14 de Junio de 1303 el rey convocó a una
gran asamblea a los Priores de las Ordenes del Templo y del Hospital con el
objeto de echar las bases de un Concilio General para deponer al Papa.
Pero el Papa murió el 11 de Octubre de
1303, después de haber excomulgado al rey Felipe el Hermoso.
La situación en ese momento era muy
delicada para el rey. Su erario estaba vacío.
El rey pidió prestadas fuertes sumas a los
Templarios.
Con el objeto de ganarse su buena voluntad,
en 1304 decreta: “que los bienes muebles de la Orden no podrán nunca ser embargados por la
jurisdicción seglar, ni los inmuebles agotados o destruidos”.
Sin embargo, Felipe IV el Hermoso había
resuelto desde hacía mucho tiempo la ruina de la Orden del Templo.
En una ocasión pidió formar parte de la
Orden. No pudo obtenerlo, a pesar de sus
esfuerzos.
El rey en varias ocasiones fue huésped en la Casa de París en 1306 por
haber bajado el título a las monedas. Fue asaltado por el pueblo y debió
refugiarse en la fortaleza de los Templarios. Pudo así “de visu”, constatar el
contraste de su pobreza y las riquezas de la Orden.
Pero sobre todo no se le podía perdonar su
independencia, su soberanía, su regla, su espíritu libertario, su inmensa
influencia territorial.
Todo esto unido a la inmensa avaricia del
Monarca, contribuyeron a la ruina de la Orden.
El
Proceso.
El rey Felipe el Hermoso encontró en el
Papa Clemente V su colaborador. Hay que advertir que este Papa, hechura del
rey, antiguo arzobispo de Burdeos, residía en Avignon y según se dice había
suscrito un pacto secreto con el Monarca, en una de cuyas cláusulas se estipulaba
la destrucción de la Orden
del Templo.
Los hechos ayudaron a los designios del rey
y del Papa.
Había en una fortaleza de la diócesis de
Tolosa un burgués y un templario apóstata llamado Squin de Florián, presos y
condenados por crímenes de derecho común. El templario confesó al otro las
horribles ceremonias que tenían lugar durante la recepción de novicios en los
Capítulos de la Orden. En
posesión de este terrible secreto, el burgués solicitó ser escuchado por el
rey. Por sus indicaciones, el Monarca se decidió a dar el paso decisivo.
En efecto, desde el 14 al 20 de Septiembre
de 1307, el rey desde la Abadía
de San Maclou, envió cartas selladas a las autoridades de las provincias con la
orden de detener el mismo día 13 de Octubre y a la misma hora a todos los
Templarios del reino.
El 12 de Octubre, víspera de su arresto, el
Gran Maestro Jacobo de Molay, asistía al lado del rey a los obsequios de
Catalina de Courtenay, nieta de Balduino II, segunda esposa de Carlos de
Valois.
Al día siguiente, 13 de Octubre, el Gran
Maestre era detenido en el Templo junto con 140 caballeros más.
El mismo día Felipe el Hermoso se instalaba
en la fortaleza para vigilar el embargo e inventariar los cuantiosos bienes de
los Templarios. Tomó posesión de los archivos y del tesoro, que en adelante
pasó a confundirse con el suyo propio.
Después del arresto de los Templarios, las
dificultades financieras del rey disminuyeron sensiblemente.
Un individuo llamado Nogaret, que hacía las
veces de Canciller, y que en una ocasión había dado puntapiés al Papa Bonifacio
VIII, leyó el acta de acusación ante la primera asamblea de la Universidad.
El proceso comenzó enseguida, todo había
sido previsto, hasta en sus menores detalles.
Guillermo de París, fraile dominico,
confesor del rey, fue investido del poder de Gran Inquisidor. Escogió a los
jueces entre los enemigos de la
Orden , prelados heridos en sus derechos o en sus ambiciones,
por los grandes privilegios de los Templarios.
Jamás proceso se inició ni fue llevado con
más rigor ni crueldad.
El Papa de tal manera estaba sometido a la
voluntad real, que quitó a los inculpados todos los medios de defensa
ordinarios, prohibiendo a los notarios y a otros oficiales públicos de
asistirlos como era de regla.
Se les acusaba de apostasía, de herejía, de
idolatría, de hechicería y de prácticas infames.
Bajo la presión de las torturas, unos
confesaron los supuestos crímenes de que se les acusaba, otros negaron, varios
retractaron sus declaraciones.
Se reúnen los Concilios de Sens y de Reims
para ocuparse del proceso.
Se divide a los acusados en tres
categorías: los que confiesan, los que niegan y los que se retractan.
Los primeros son condenados a diversas
penas o penitencias. Los segundos a prisión perpetua, lo relapsos son
entregados al brazo secular y las ejecuciones comienzan.
El 10 de Mayo de 1311 frente a la Abadía de San Antonio
queman vivo a un primer condenado, con la esperanza de intimidar a los otros
que se habían retractado y reducirlos a sus primeras declaraciones. Pero son
inquebrantables.
Ocho días después, 54 suben a las hogueras,
construidas en el mismo sitio. Esta ejecución, hecha a fuego lento, para que la
muerte sea más atroz, hace estallar la constancia y el valor de estos mártires
que ponen al cielo como testigo de que mueren inocentes. Días más tarde queman
todavía a 15 Templarios más que rehusan declararse culpables.
Los suplicios en París alcanzan en total a
113 miembros de la Orden.
Entretanto, el Gran Maestre Jacobo de Molay
languidecía en las prisiones en compañía de los Grandes Priores. El Papa
Clemente V, se había reservado personalmente su juicio.
Con este fin confió el examen a una
comisión de 3 cardenales, asistidos por el Arzobispo de Sens y de otros
prelados.
No se trataba de una nueva investigación
por hacer, sino que de una sentencia por pronunciar en vista de los resultados
ya obtenidos con los procesos anteriores.
La comisión se contentó con pronunciar la
sentencia de prisión perpetua y de exigir un reconocimiento público de las
confesiones arrancadas por las torturas o el terror.
El 19 de Marzo de 1313, delante del portal
de la basílica de Notre Dame ante
tribunas ocupadas por Cardenales, prelados y príncipes comparecen el Gran
Maestro y sus tres compañeros, en presencia de una enorme multitud.
Pero mientras se les leían sus anteriores
declaraciones, Jaques de Molay se levanta, impone silencio y ante la
estupefacción general, declara que la
Orden es pura, y que merece la muerte por haber cedido ante
las torturas en declarar la
Orden culpable. En seguida, Godofredo de Charnay, hermano del
Delfín de Euvernia, preceptor de Normandía, hace las mismas declaraciones.
Turbada por este desenlace inesperado, la
asamblea de disuelve después de declarar la cosa digna de un nuevo examen.
Pero la misma tarde, por orden del rey, los
dos relapsos son conducidos a la isla
situada entre los jardines del rey y los Agustinos, donde hoy se levanta la
estatua de Eduardo IV para ser quemados a fuego lento sobre una hoguera.
En medio de las llamas protestaban de su
inocencia y morían según la tradición, emplazando al Papa Clemente V y al rey
Felipe el Hermoso a comparecer en breve tiempo al juicio de Dios.
En septiembre de 1311 el Concilio de Viena
en el que tomaron parte más de 300 prelados había abolido la Orden del Templo, debiendo
pasar los bienes inmuebles de la
Comunidad a los Caballeros de San Juan de Jerusalén,
recientemente establecidos en Rodas, no debiendo aprovecharles más que de una
manera indirecta al inicuo heredero de los Capetos.
Cuenta una leyenda, que al día siguiente de
la ejecución del Gran Maestre, el Caballero Aumont y siete templarios,
disfrazados de albañiles, recogieron piadosamente las cenizas de la hoguera.
Entonces dicen nació la Orden
de los Francmasones.
II.- LA DOCTRINA.
Existen muy pocos documentos sobre la
doctrina de los Templarios y sobre el papel oculto desempeñado por la Orden en la cristiandad.
Si nos hemos de atener a las piezas del
proceso como así a lo que nos ha revelado la investigación posterior, vemos que
existieron en la Orden
dos objetivos:
Uno visible y reconocido por todos: el de
proteger a los cristianos que visitaban los Santos Lugares. El otro secreto: la
reconstrucción del Templo de Salomón según el modelo profetizado por Ezequiel.
Los Templarios habían tomado como tipo a
los constructores guerreros de Zorobabel de que nos habla la Biblia que trabajaban con
la plana en una mano y la espada en la otra. La plana de los Templarios era
cuádruple, sus láminas triangulares estaban dispuestas en forma de Cruz,
formando un pentáculo cabalístico conocido con el nombre de Cruz de Oriente.
Aunque muchas de las acusaciones lanzadas
contra los Templarios por orden de Felipe el Hermoso, eran infamemente falsas,
algunos de los cargos principales era verdaderos, desde el punto de vista de lo
que la Iglesia
considera como herejía.
Seguramente no fue la herejía maniquea de los dos principios, puro el uno, impuro el
otro, el último de los cuales sería el Creador del mundo. Esta herejía estaba
entonces de gran actualidad, por las recientes persecuciones de los Cátaros y
Albigenses, exterminados en el sur de Francia. La doctrina Templaria debió más
bien haber sido la doctrina gnóstica conservada por tradición por algunos
grupos de cristianos de oriente y por ciertas sectas musulmanas.
Esta tradición la relata el masón Alberto
Pike como sigue: “En aquella época existía en Oriente una secta de cristianos
Joanitas, los cuales pretendían ser los únicos iniciados verdaderos en los Misterios de la religión de
Cristo. Ellos se jactaban de conocer la verdadera historia de Jesús, y adaptando
parcialmente las tradiciones judías y talmúdicas, afirmaban que los hechos
relatados en los evangelios eran puras alegorías…Los Joanitas atribuían la
fundación de su iglesia secreta a San Juan, sus grandes pontífices adoptaban el
título de Cristos, ungidos y
consagrados, y pretendían ser los sucesores de San Juan, por una ininterrumpida
sucesión de Pontífices. En el período de fundación de la Orden del temple, cierto
patriarca o pontífice llamado Teócleto, se atribuyó estas imaginarias
prerrogativas” (Albert Pike – Moral and Dogma). Teócleto conoció a Hugo de Paganis y a
otros caballeros templarios y los inició en los misterios Joanitas, nombrándole
su sucesor y guardador de taless misterios.
Otro más: W. J. Mac Leod Moore, 33°, dice
tratando de la Orden
del Temple: “que sus jefes pretendían tener grandes conocimientos de todas las
cosas. En sus cónclaves secretos, en los que solo admitían a los miembros de
más confianza, les enseñaban que el Papa había asumido una falsa y peligrosa
autoridad sobre las conciencias y las almas de los hombres, y que muchos de los
dogmas de Roma, no eran más que groseras supersticiones. Tenían un concepto más
liberal de su fe y religión que la gente de su época, y estaban versados en los
Misterios, leyendas, culturas y tradiciones de los pueblos de Oriente”.
Un orientalista francés, René Guenón
sostiene: “que el papel principal de la Orden del Temple, habría sido, el asegurar la
comunicación entre la
Cristiandad y el Centro Espiritual Supremo que conserva el
depósito de la Sabiduría ”.
Esta cuestión se hallaría relacionada con la versión de los dos pontificados,
pues según cierta tradición, el depósito de la Sabiduría habría sido
confiado precisamente al apóstol San Juan el Evangelista, el discípulo amado de
Jesús. La Orden
del Temple aparecería como una manifestación, una “cristalización” de esta
corriente joanita que vendría a ser la sustancia
medular del cristianismo. Pero el Temple no fue ni la primera, ni la última
de la “Iglesia Interior”: habría sido solamente un anillo de la cadena
tradicional.
Otros escritores hablan de sus relaciones
con los infieles, esto es con los musulmanes, en particular con la célebre
secta ismaelita de los haschissins
de Siria.
Estos últimos, como los Templarios, fueron
los guardianes de la “Tierra Santa”. Cada una de estas
órdenes poseía una doble jerarquía: una exotérica y la otra esotérica,
conociendo probablemente sólo los Grandes Maestres los secretos de las dos
Ordenes.
Finalmente, sobre este asunto, quiero citar
la crónica de Turpin que supone que Carlomagno,
el fundador del sacro Imperio Romano Germánico tuvo el proyecto de establecer
la iglesia cristiana sobre un plan trinitario: una Iglesia de San Pedro en
Roma, otra en Santiago en España, la tercera en San Juan de Efeso. Los tres
jefes invocados son los tres apóstoles que asisten a la Transfiguración
del Tabor. El Papa Calixto III, protector o protegido de los Templarios,
aprobando la crónica de Turpin, estimaba muy natural el proyecto de Carlomagno.
Aparte del crimen de herejía, se hacían a
los Templarios otros cargos no menos graves.
Julio Garinet resume así las imputaciones
hechas:
“Se decía que durante la recepción en la Orden , conducían al
recipiendario a una pieza oscura, en la que renegaba de Jesucristo, escupiendo
tres veces sobre el crucifijo. Que aquel que era recibido besaba al que lo
recibía en la boca, en seguida “in fine
spine dorsi et in virgo virili”; que los Templarios en sus Capítulos
generales adoraban una cabeza de madera dorada que tenía una larga barba,
bigotes enmarañados y colgantes. En el lugar de los ojos brillaban dos grandes
escarbunclos chispeantes como fuegos. Se les acusaba todavía de hacer votos de
sodomía y de no rehusarse nada entre ellos”.
Consideremos por turno cada una de estas
imputaciones.
He consultado al respecto uno de los
autores más versados sobre esta cuestión, el norteamericano Charles Lea que
dedica una buena parte de su tercer volumen de su Historia de la Inquisición en la
Edad Media a los Templarios.
1) Algunos acusados
dijeron que se les inculcaba el Deísmo,
que solamente Dios debía ser adorado. Otros afirmaron que se les obligaba a
renegar de Dios. La fórmula generalmente alegada consistía en renunciar a
Cristo, o a Jesús, pero otros habían sido invitados a renegar a Nuestro Señor o
el Profeta, o el Cristo, o la
Virgen y los Santos. Unos pocos declararon que no podían
acordarse de si habían renunciado a Dios o al Cristo.
Se notan las mismas contradicciones respecto del rito de
admisión. Las particularidades especificadas por la Regla , están descritas con
precisión y de una manera concordante, pero cuando los testigos llegan a los
ritos sacrílegos, se pierden en medio de las fantasías más variadas y se
abandonan a su imaginación. Generalmente se exige que el neófito reniegue del
cristo y que escupa sobre la cruz. Otras veces no basta escupir, es preciso
pisotearla y aún mancharla con orines. Algunos templarios declararon que se
reunían una vez al año para cumplir esta última ceremonia. Otros, admitiendo el
sacrilegio de los ritos de reopción, decían que la adoración de la Cruz el Día de Viernes Santo,
era observada con gran devoción conforme a las prescripciones de la regla.
Generalmente decían que el objeto del ultraje era una cruz simple, otras veces
se trataba de un crucifijo o de la imagen de una crucifixión en un misal.
Algunos juraron que
esta ceremonia era una de las reglas de la Orden , otros que sólo era una broma, finalmente
que se les había ordenado cumplir este acto solamente con la boca y no con el
corazón.
Sostenían que el
origen de estas prácticas anticristianas provenían de un Gran Maestre que
prisionero del Sultán de Babilonia, había obtenido su libertad prometiendo
hacerlas obligatorias en la
Orden.
2) El extraño misterio
con que estos templarios cubrían sus asuntos privados aguijoneaba naturalmente
la curiosidad pública y daba pábulo a las suposiciones más extravagantes. Sólo,
entre todas las órdenes religiosas, el Temple celebraba el ceremonial de
admisión en la intimidad la más estricta. Los Capítulos tenían lugar al clarear
el día, en una sala cuyas puertas estaban rigurosamente guardadas. Nadie entre
los que habían tomado parte en la ceremonia, podía hablar de lo que había
pasado ahí, aun a otro templario extraño al capítulo, bajo la pena más severa.
Era natural que estas prácticas dieran motivo a historietas y a calumnias,
explicando el misterio por ritos infames que habría sido imposible celebrar a
la luz del día. Los Templarios como los modernos Francmasones tuvieron mucho
que sufrir por estas imputaciones.
Así aseguraban que
el neófito después de ser besado en la boca por el Preceptor, debía besarle a éste las partes vergonzosas, fábula que
los caballeros Hospitalarios se dieron el placer de propalar. Después de esto,
se comprende sin dificultad que el público atribuyera a la Orden el vicio de sodomía.
Era por otra parte un vicio muy común en la
Edad Media , al cual las comunidades
religiosas eran particularmente inclinadas. Poco antes de 11292 un escándalo de
este género había provocado por el destierro de varios teólogos de la Universidad de París.
3) A los errores
maniqueos, gnósticos y cabalísticos atribuidos a los templarios y que habrían
justificado, dadas las leyes de la época, en cierta medida, su triste suerte,
habría que agregar el delito de idolatría.
El testimonio de
los acusados, según las actas del proceso, es unánime y tocamos aquí otro de
los misterios del temple: el misterio de las imágenes llamadas Baphomet.
En la época de la
brusca detención de los Templarios, la Inquisición muy bien secundada por los esbirros
de Felipe el Hermoso, no fue capaz de encontrar uno solo de estos ídolos que
pretendían que adoraban los caballeros en sus Capítulos. El único objeto con
tal apariencia fue un relicario de metal
en forma de busto de mujer (muy comunes en aquella época) proveniente del
temple de París en el que se encontró un pequeño cráneo atribuido a una de las
once mil vírgenes.
La palabra Baphomet quiere decir Bautismo de
Sabiduría; según algunos autores es una corrupción del nombre Mahomet.
“Hammer –
Purgstall” se vanagloriaba de haber descubierto e identificado hasta treinta de
estas imágenes, algunas conservadas en el Museo de Viena (en Provenza).
Parece que estas
cabezas representan símbolos gnósticos. En ellas se representa la cruz egipcia,
la serpiente, el sol, la luna, la estrella de cinco puntas y otros
jeroglíficos.
Las imágenes en su conjunto tiene un carácter andrógino
como las esfinges.
¿Hay que ver en estas imágenes un eco de la tradición de los Thiphilims hebreos, protectores de las
tribus judías? ¿a alguna divinidad secreta del Asia Menor que pudieron haber
llevada a Europa desde el Oriente los Templarios? Su forma andrógina hace
pensar en ciertas sectas maniqueas salidas de las escuelas gnósticas.
En todo caso el papel tentacular y
talismático de estas cabezas o imágenes andróginas que la tradición ha
atribuido a los Templarios está todavía por resolverse.
Pero el crimen de idolatría no fue todo.
Aseguraban también que sus sacerdotes o consagraban las hostias al celebrar el
Oficio Divino, que se les aparecía un gato negro al cual le rendían culto en
los Capítulos.
Algunas veces uno o varios demonios se
hacían visibles bajo diversas formas, en particular la de mujeres que se unían
en forma nefanda a los religiosos y hasta se aseguraba en ciertas regiones que
el diablo se llevaba todos los años un Templario.
Estos relatos repetidos por todas partes en
las actas del proceso, se aumentaban todavía con mayores inverosimilitudes,
murmuradas en voz baja en los oídos. Se trataba de traiciones de los Caballeros
a la causa cristiana, de los sortilegios de las cuerdas de castidad que cada
uno llevaba en torno de la cintura, de los polvos mágicos hechos con las
cenizas de los templarios muertos o de los cadáveres de niños sacrificados y
mil otras historias del mismo género de que se alimentaba la crédula
imaginación popular.
Un escritor contemporáneo, que cito por ser
ortodoxo – Teodoro de Cauzons – en su tomo II de su obra “La Magia y la Hechicería en Francia”,
dedica un largo capítulo a los Templarios.
Dice entre otras cosas: “Inventados, o
denunciados por reales, los crímenes del Temple debieron aparecer monstruosos a un público no solamente
creyente sino que crédulo”.
Si nosotros agrupamos a nuestro turno, los
primeros reproches enunciados por los agentes del rey y las otras revelaciones
hechas sucesivamente por los religiosos delante de los inquisidores, nos es
verdaderamente imposible admitir en una sociedad compuesta de varios miles de
miembros, la realidad de las monstruosidades universalmente practicadas y conocidas
de todos.
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