GRAN PRIORATO DE ESPAÑA

GRAN PRIORATO DE ESPAÑA

De las Órdenes Unidas Religiosas, Militares y Masónicas del Temple, San Juan de Jerusalén, Palestina, Rodas y Malta.

Emº y Smº Oscar de Alfonso

RESP.·.PRECEPTORÍA JACQUES DE MOLAY Nº 11

Wlls.·. de Andalucía

Emº PRECEPTOR

José Carrasco y Ferrando


jueves, 3 de julio de 2014

LOS TEMPLARIOS.

(Publicado en Revista Masónica de Chile, Año XVII Nº 1-2, Marzo – Abril 1940).

 I.- HISTORIA.

Después de la conquista de la Tierra Santa por los Cruzados, los Sarracenos, no teniendo con quienes combatir, se dedicaron a atacar las caravanas de los peregrinos cristianos, que en inmenso número se dirigían a Jerusalén.

Algunos caballeros franceses, entre los que se encontraban Hugo de Paganis, Godofredo de San Omer, Andrés de Montbard y otros, alarmados por este estado de cosas, resolvieron consagrarse a la defensa de los penitentes que se dirigían a los Santos Lugares y a la conservación del Santo Sepulcro.

El año 1118 formaron una Comunidad con el nombre de Caballeros de Cristo. El Patriarca de Jerusalén los tomó bajo su protección y recibió su primer juramento.

El rey de Jerusalén Balduino II les dio un asilo en su palacio cerca del lugar en que según la tradición, estuvo el Templo de Salomón.

Desde 1118 a 1127 esta Comunidad de Caballeros observó la regla de San Agustín y llevó el hábito seglar.

Finalmente, en 1127, Hugo de Paganis y otros caballeros fueron a Roma para obtener del Papa Honorio III el permiso de formar una nueva Orden religioso – caballeresca semejante a la de los Hospitalarios.

Con este fin un Concilio fue convocado en Troya. El 13 de Enero de 1128 se les dio una nueva regla, que en sus capítulos principales, había sido redactada por San Bernardo y desde este momento quedó constituida la “Frates militix Templi”, o sea la nueva “Orden de los Templarios”.

La nueva regla que constaba de 72 artículos señalaba el hábito de los nuevos caballeros formado por una túnica con un manto blanco.

La jerarquía constaba de tres grados: Milites, Armigeri y Clientes, es decir, Caballeros, hermanos de armas y servidores domésticos.

Durante los seis años que siguieron a su fundación, la Orden de los Templarios fue objeto de las más vivas adhesiones. San Bernardo la recomendó a los príncipes cristianos escribiendo en su honor una exhortación titulada “De Militia Dei”. Emperadores, Reyes y Papas no cesaban de hacerle dones y otorgarle privilegios hasta que en 1143 el rey de Francia Luis VII limitó estas liberalidades tan entusiastas.

El Papa Eugenio III les acordó en 1146 el derecho de llevar una cruz roja sobre el manto blanco.

Cuando su primer Capítulo, celebrado en Jerusalén, los Templarios se reunieron en número de 600, la mayoría gentiles hombres, de las principales familias.

El 27 de Abril de 1147 en su hogar de París conocido con el nombre de Casa del Templo, celebraron un gran Capítulo en ocasión de la Cruzada de Luis VII.

Por los servicios prestados por la Orden durante esta Cruzada, el rey a su vuelta a Francia, les otorgó nuevos privilegios. Los Templarios estaban exentos de impuestos, de cargos de toda naturaleza, del pago de derechos de dominio, no debían prestar servicio militar al rey, únicamente a la Cruzada.

Uniendo la abstinencia del claustro al valor del soldado, el coraje a la abnegación, los Caballeros Templarios prestaron eminentes servicios a los cruzados.

Eran tan respetados, que los Emires musulmanes en los tratados, exigían la palabra de estos caballeros como garantía, pues los consideraban como los hombres más puros y buenos, incapaces de faltar a su palabra de honor.

En 1173, el Papa Alejandro III por una Bula sustrajo a los Templarios de la autoridad del Patriarca de Jerusalén, colocándolos bajo su única autoridad.

Las posesiones del Templo en Oriente y en Occidente llegaron a ser inmensas. Desde el siglo XII al XIII ejecutaron, a lo largo de las costas, de los montes y hasta del desierto mismo, trabajos gigantescos, consistentes en edificios fortificados. Poseían tierras y hasta ciudades con sus correspondientes rentas.

Pronto los Templarios fueron más ricos que los reyes y sus privilegios pesaron sobre los bienes de la Iglesia.

La Casa del Templo de París llegó a ser la Sede principal de la Orden entera. Ahí se guardaban los archivos, los tesoros reales, y los de muchos prelados y particulares que le habían confiado la administración de sus bienes.

La costumbre de los reyes de pedir préstamos a los Templarios data desde el principio de su establecimiento en París.

Cuando el rescate de san Luis en 1250, los caballeros facilitaron al rey 200 mil libras.

La sumisión de los Templarios al papado no fue siempre observada. En efecto, una carta de Clemente IV en 1265 nos los muestra desdeñosos de someterse a su autoridad. El Papa les predecía que si se obstinaban, su ruina sería completa.

El Concilio de Salzburgo en 1291 otras asambleas eclesiásticas pretendieron reunir a los Templarios con los Hospitalarios, pero sin resultado.

Los Templarios fueron los últimos cristianos que defendieron en Oriente la causa de los Cruzados. Vencidos en San Juan de Acre (1291) por los sarracenos, tuvieron que evacuar el continente asiático, refugiándose en la isla de Chipre con los Caballeros Hospitalarios y los Teutónicos, en donde permanecieron hasta 1304.

Desde 1296 a 1304 la Orden estuvo mezclada en las querellas del rey de Francia, Felipe el Hermoso, con el Papa Bonifacio VIII.

El 14 de Junio de 1303 el rey convocó a una gran asamblea a los Priores de las Ordenes del Templo y del Hospital con el objeto de echar las bases de un Concilio General para deponer al Papa.

Pero el Papa murió el 11 de Octubre de 1303, después de haber excomulgado al rey Felipe el Hermoso.

La situación en ese momento era muy delicada para el rey. Su erario estaba vacío.

El rey pidió prestadas fuertes sumas a los Templarios.

Con el objeto de ganarse su buena voluntad, en 1304 decreta: “que los bienes muebles de la Orden no podrán nunca ser embargados por la jurisdicción seglar, ni los inmuebles agotados o destruidos”.

Sin embargo, Felipe IV el Hermoso había resuelto desde hacía mucho tiempo la ruina de la Orden del Templo.

En una ocasión pidió formar parte de la Orden. No pudo obtenerlo, a pesar de sus esfuerzos.

El rey en varias ocasiones fue huésped en la Casa de París en 1306 por haber bajado el título a las monedas. Fue asaltado por el pueblo y debió refugiarse en la fortaleza de los Templarios. Pudo así “de visu”, constatar el contraste de su pobreza y las riquezas de la Orden.

Pero sobre todo no se le podía perdonar su independencia, su soberanía, su regla, su espíritu libertario, su inmensa influencia territorial.

Todo esto unido a la inmensa avaricia del Monarca, contribuyeron a la ruina de la Orden.

El Proceso.

El rey Felipe el Hermoso encontró en el Papa Clemente V su colaborador. Hay que advertir que este Papa, hechura del rey, antiguo arzobispo de Burdeos, residía en Avignon y según se dice había suscrito un pacto secreto con el Monarca, en una de cuyas cláusulas se estipulaba la destrucción de la Orden del Templo.

Los hechos ayudaron a los designios del rey y del Papa.

Había en una fortaleza de la diócesis de Tolosa un burgués y un templario apóstata llamado Squin de Florián, presos y condenados por crímenes de derecho común. El templario confesó al otro las horribles ceremonias que tenían lugar durante la recepción de novicios en los Capítulos de la Orden. En posesión de este terrible secreto, el burgués solicitó ser escuchado por el rey. Por sus indicaciones, el Monarca se decidió a dar el paso decisivo.

En efecto, desde el 14 al 20 de Septiembre de 1307, el rey desde la Abadía de San Maclou, envió cartas selladas a las autoridades de las provincias con la orden de detener el mismo día 13 de Octubre y a la misma hora a todos los Templarios del reino.

El 12 de Octubre, víspera de su arresto, el Gran Maestro Jacobo de Molay, asistía al lado del rey a los obsequios de Catalina de Courtenay, nieta de Balduino II, segunda esposa de Carlos de Valois.

Al día siguiente, 13 de Octubre, el Gran Maestre era detenido en el Templo junto con 140 caballeros más.

El mismo día Felipe el Hermoso se instalaba en la fortaleza para vigilar el embargo e inventariar los cuantiosos bienes de los Templarios. Tomó posesión de los archivos y del tesoro, que en adelante pasó a confundirse con el suyo propio.

Después del arresto de los Templarios, las dificultades financieras del rey disminuyeron sensiblemente.

Un individuo llamado Nogaret, que hacía las veces de Canciller, y que en una ocasión había dado puntapiés al Papa Bonifacio VIII, leyó el acta de acusación ante la primera asamblea de la Universidad.

El proceso comenzó enseguida, todo había sido previsto, hasta en sus menores detalles.

Guillermo de París, fraile dominico, confesor del rey, fue investido del poder de Gran Inquisidor. Escogió a los jueces entre los enemigos de la Orden, prelados heridos en sus derechos o en sus ambiciones, por los grandes privilegios de los Templarios.

Jamás proceso se inició ni fue llevado con más rigor ni crueldad.

El Papa de tal manera estaba sometido a la voluntad real, que quitó a los inculpados todos los medios de defensa ordinarios, prohibiendo a los notarios y a otros oficiales públicos de asistirlos como era de regla.

Se les acusaba de apostasía, de herejía, de idolatría, de hechicería y de prácticas infames.

Bajo la presión de las torturas, unos confesaron los supuestos crímenes de que se les acusaba, otros negaron, varios retractaron sus declaraciones.

Se reúnen los Concilios de Sens y de Reims para ocuparse del proceso.

Se divide a los acusados en tres categorías: los que confiesan, los que niegan y los que se retractan.

Los primeros son condenados a diversas penas o penitencias. Los segundos a prisión perpetua, lo relapsos son entregados al brazo secular y las ejecuciones comienzan.

El 10 de Mayo de 1311 frente a la Abadía de San Antonio queman vivo a un primer condenado, con la esperanza de intimidar a los otros que se habían retractado y reducirlos a sus primeras declaraciones. Pero son inquebrantables.

Ocho días después, 54 suben a las hogueras, construidas en el mismo sitio. Esta ejecución, hecha a fuego lento, para que la muerte sea más atroz, hace estallar la constancia y el valor de estos mártires que ponen al cielo como testigo de que mueren inocentes. Días más tarde queman todavía a 15 Templarios más que rehusan declararse culpables.

Los suplicios en París alcanzan en total a 113 miembros de la Orden.

Entretanto, el Gran Maestre Jacobo de Molay languidecía en las prisiones en compañía de los Grandes Priores. El Papa Clemente V, se había reservado personalmente su juicio.

Con este fin confió el examen a una comisión de 3 cardenales, asistidos por el Arzobispo de Sens y de otros prelados.

No se trataba de una nueva investigación por hacer, sino que de una sentencia por pronunciar en vista de los resultados ya obtenidos con los procesos anteriores.

La comisión se contentó con pronunciar la sentencia de prisión perpetua y de exigir un reconocimiento público de las confesiones arrancadas por las torturas o el terror.

El 19 de Marzo de 1313, delante del portal de la basílica de Notre Dame ante tribunas ocupadas por Cardenales, prelados y príncipes comparecen el Gran Maestro y sus tres compañeros, en presencia de una enorme multitud.

Pero mientras se les leían sus anteriores declaraciones, Jaques de Molay se levanta, impone silencio y ante la estupefacción general, declara que la Orden es pura, y que merece la muerte por haber cedido ante las torturas en declarar la Orden culpable. En seguida, Godofredo de Charnay, hermano del Delfín de Euvernia, preceptor de Normandía, hace las mismas declaraciones.

Turbada por este desenlace inesperado, la asamblea de disuelve después de declarar la cosa digna de un nuevo examen.

Pero la misma tarde, por orden del rey, los dos relapsos son conducidos  a la isla situada entre los jardines del rey y los Agustinos, donde hoy se levanta la estatua de Eduardo IV para ser quemados a fuego lento sobre una hoguera.

En medio de las llamas protestaban de su inocencia y morían según la tradición, emplazando al Papa Clemente V y al rey Felipe el Hermoso a comparecer en breve tiempo al juicio de Dios.

En septiembre de 1311 el Concilio de Viena en el que tomaron parte más de 300 prelados había abolido la Orden del Templo, debiendo pasar los bienes inmuebles de la Comunidad a los Caballeros de San Juan de Jerusalén, recientemente establecidos en Rodas, no debiendo aprovecharles más que de una manera indirecta al inicuo heredero de los Capetos.

Cuenta una leyenda, que al día siguiente de la ejecución del Gran Maestre, el Caballero Aumont y siete templarios, disfrazados de albañiles, recogieron piadosamente las cenizas de la hoguera. Entonces dicen nació la Orden de los Francmasones. 


II.- LA DOCTRINA.

Existen muy pocos documentos sobre la doctrina de los Templarios y sobre el papel oculto desempeñado por la Orden en la cristiandad.

Si nos hemos de atener a las piezas del proceso como así a lo que nos ha revelado la investigación posterior, vemos que existieron en la Orden dos objetivos:

Uno visible y reconocido por todos: el de proteger a los cristianos que visitaban los Santos Lugares. El otro secreto: la reconstrucción del Templo de Salomón según el modelo profetizado por Ezequiel.

Los Templarios habían tomado como tipo a los constructores guerreros de Zorobabel de que nos habla la Biblia que trabajaban con la plana en una mano y la espada en la otra. La plana de los Templarios era cuádruple, sus láminas triangulares estaban dispuestas en forma de Cruz, formando un pentáculo cabalístico conocido con el nombre de Cruz de Oriente.
Aunque muchas de las acusaciones lanzadas contra los Templarios por orden de Felipe el Hermoso, eran infamemente falsas, algunos de los cargos principales era verdaderos, desde el punto de vista de lo que la Iglesia considera como herejía.

Seguramente no fue la herejía maniquea de los dos principios, puro el uno, impuro el otro, el último de los cuales sería el Creador del mundo. Esta herejía estaba entonces de gran actualidad, por las recientes persecuciones de los Cátaros y Albigenses, exterminados en el sur de Francia. La doctrina Templaria debió más bien haber sido la doctrina gnóstica conservada por tradición por algunos grupos de cristianos de oriente y por ciertas sectas musulmanas.

Esta tradición la relata el masón Alberto Pike como sigue: “En aquella época existía en Oriente una secta de cristianos Joanitas, los cuales pretendían ser los únicos iniciados  verdaderos en los Misterios de la religión de Cristo. Ellos se jactaban de conocer la verdadera historia de Jesús, y adaptando parcialmente las tradiciones judías y talmúdicas, afirmaban que los hechos relatados en los evangelios eran puras alegorías…Los Joanitas atribuían la fundación de su iglesia secreta a San Juan, sus grandes pontífices adoptaban el título de Cristos, ungidos y consagrados, y pretendían ser los sucesores de San Juan, por una ininterrumpida sucesión de Pontífices. En el período de fundación de la Orden del temple, cierto patriarca o pontífice llamado Teócleto, se atribuyó estas imaginarias prerrogativas” (Albert PikeMoral and Dogma). Teócleto conoció a Hugo de Paganis y a otros caballeros templarios y los inició en los misterios Joanitas, nombrándole su sucesor y guardador de taless misterios.

Otro más: W. J. Mac Leod Moore, 33°, dice tratando de la Orden del Temple: “que sus jefes pretendían tener grandes conocimientos de todas las cosas. En sus cónclaves secretos, en los que solo admitían a los miembros de más confianza, les enseñaban que el Papa había asumido una falsa y peligrosa autoridad sobre las conciencias y las almas de los hombres, y que muchos de los dogmas de Roma, no eran más que groseras supersticiones. Tenían un concepto más liberal de su fe y religión que la gente de su época, y estaban versados en los Misterios, leyendas, culturas y tradiciones de los pueblos de Oriente”.

Un orientalista francés, René Guenón sostiene: “que el papel principal de la Orden del Temple, habría sido, el asegurar la comunicación entre la Cristiandad y el Centro Espiritual Supremo que conserva el depósito de la Sabiduría”. Esta cuestión se hallaría relacionada con la versión de los dos pontificados, pues según cierta tradición, el depósito de la Sabiduría habría sido confiado precisamente al apóstol San Juan el Evangelista, el discípulo amado de Jesús. La Orden del Temple aparecería como una manifestación, una “cristalización” de esta corriente joanita que vendría a ser la sustancia medular del cristianismo. Pero el Temple no fue ni la primera, ni la última de la “Iglesia Interior”: habría sido solamente un anillo de la cadena tradicional.

Otros escritores hablan de sus relaciones con los infieles, esto es con los musulmanes, en particular con la célebre secta ismaelita de los haschissins de Siria.

Estos últimos, como los Templarios, fueron los guardianes de  la “Tierra Santa”. Cada una de estas órdenes poseía una doble jerarquía: una exotérica y la otra esotérica, conociendo probablemente sólo los Grandes Maestres los secretos de las dos Ordenes.

La Orden de los haschissins duró dos siglos, como los Templarios.

Finalmente, sobre este asunto, quiero citar la crónica de Turpin que supone que Carlomagno, el fundador del sacro Imperio Romano Germánico tuvo el proyecto de establecer la iglesia cristiana sobre un plan trinitario: una Iglesia de San Pedro en Roma, otra en Santiago en España, la tercera en San Juan de Efeso. Los tres jefes invocados son los tres apóstoles que asisten a la Transfiguración del Tabor. El Papa Calixto III, protector o protegido de los Templarios, aprobando la crónica de Turpin, estimaba muy natural el proyecto de Carlomagno.

Aparte del crimen de herejía, se hacían a los Templarios otros cargos no menos graves.

Julio Garinet resume así las imputaciones hechas:

“Se decía que durante la recepción en la Orden, conducían al recipiendario a una pieza oscura, en la que renegaba de Jesucristo, escupiendo tres veces sobre el crucifijo. Que aquel que era recibido besaba al que lo recibía en la boca, en seguida “in fine spine dorsi et in virgo virili”; que los Templarios en sus Capítulos generales adoraban una cabeza de madera dorada que tenía una larga barba, bigotes enmarañados y colgantes. En el lugar de los ojos brillaban dos grandes escarbunclos chispeantes como fuegos. Se les acusaba todavía de hacer votos de sodomía y de no rehusarse nada entre ellos”.

Consideremos por turno cada una de estas imputaciones.

He consultado al respecto uno de los autores más versados sobre esta cuestión, el norteamericano Charles Lea que dedica una buena parte de su tercer volumen de su Historia de la Inquisición en la Edad Media a los Templarios.

1)    Algunos acusados dijeron que se les inculcaba el Deísmo, que solamente Dios debía ser adorado. Otros afirmaron que se les obligaba a renegar de Dios. La fórmula generalmente alegada consistía en renunciar a Cristo, o a Jesús, pero otros habían sido invitados a renegar a Nuestro Señor o el Profeta, o el Cristo, o la Virgen y los Santos. Unos pocos declararon que no podían acordarse de si habían renunciado a Dios o al Cristo.

Se notan las  mismas contradicciones respecto del rito de admisión. Las particularidades especificadas por la Regla, están descritas con precisión y de una manera concordante, pero cuando los testigos llegan a los ritos sacrílegos, se pierden en medio de las fantasías más variadas y se abandonan a su imaginación. Generalmente se exige que el neófito reniegue del cristo y que escupa sobre la cruz. Otras veces no basta escupir, es preciso pisotearla y aún mancharla con orines. Algunos templarios declararon que se reunían una vez al año para cumplir esta última ceremonia. Otros, admitiendo el sacrilegio de los ritos de reopción, decían que la adoración de la Cruz el Día de Viernes Santo, era observada con gran devoción conforme a las prescripciones de la regla. Generalmente decían que el objeto del ultraje era una cruz simple, otras veces se trataba de un crucifijo o de la imagen de una crucifixión en un  misal.

La Cruz que llevaba el manto del Preceptor servía la mayoría de las veces (hasta dos líneas trazadas perpendicularmente sobre el suelo bastaban). Numerosos testigos afirmaron que el sacrilegio se realizaba a la vista de todos los hermanos reunidos; otros, que el candidato era conducido a un rincón oscuro, detrás del altar o a una sala perfectamente cerrada, o en un campo, en una granja, hasta en un taller de zapatería…

Algunos juraron que esta ceremonia era una de las reglas de la Orden, otros que sólo era una broma, finalmente que se les había ordenado cumplir este acto solamente con la boca y no con el corazón.

Sostenían que el origen de estas prácticas anticristianas provenían de un Gran Maestre que prisionero del Sultán de Babilonia, había obtenido su libertad prometiendo hacerlas obligatorias en la Orden.

2)    El extraño misterio con que estos templarios cubrían sus asuntos privados aguijoneaba naturalmente la curiosidad pública y daba pábulo a las suposiciones más extravagantes. Sólo, entre todas las órdenes religiosas, el Temple celebraba el ceremonial de admisión en la intimidad la más estricta. Los Capítulos tenían lugar al clarear el día, en una sala cuyas puertas estaban rigurosamente guardadas. Nadie entre los que habían tomado parte en la ceremonia, podía hablar de lo que había pasado ahí, aun a otro templario extraño al capítulo, bajo la pena más severa. Era natural que estas prácticas dieran motivo a historietas y a calumnias, explicando el misterio por ritos infames que habría sido imposible celebrar a la luz del día. Los Templarios como los modernos Francmasones tuvieron mucho que sufrir por estas imputaciones.

Así aseguraban que el neófito después de ser besado en la boca por el Preceptor, debía besarle a éste las partes vergonzosas, fábula que los caballeros Hospitalarios se dieron el placer de propalar. Después de esto, se comprende sin dificultad que el público atribuyera a la Orden el vicio de sodomía. Era por otra parte un vicio muy común en la Edad Media, al cual las comunidades religiosas eran particularmente inclinadas. Poco antes de 11292 un escándalo de este género había provocado por el destierro de varios teólogos de la Universidad de París.

3)    A los errores maniqueos, gnósticos y cabalísticos atribuidos a los templarios y que habrían justificado, dadas las leyes de la época, en cierta medida, su triste suerte, habría que agregar el delito de idolatría.

El testimonio de los acusados, según las actas del proceso, es unánime y tocamos aquí otro de los misterios del temple: el misterio de las imágenes llamadas Baphomet.

En la época de la brusca detención de los Templarios, la Inquisición muy bien secundada por los esbirros de Felipe el Hermoso, no fue capaz de encontrar uno solo de estos ídolos que pretendían que adoraban los caballeros en sus Capítulos. El único objeto con tal apariencia fue un relicario  de metal en forma de busto de mujer (muy comunes en aquella época) proveniente del temple de París en el que se encontró un pequeño cráneo atribuido a una de las once mil vírgenes.

La palabra Baphomet quiere decir Bautismo de Sabiduría; según algunos autores es una corrupción del nombre Mahomet.

“Hammer – Purgstall” se vanagloriaba de haber descubierto e identificado hasta treinta de estas imágenes, algunas conservadas en el Museo de Viena (en Provenza).

Parece que estas cabezas representan símbolos gnósticos. En ellas se representa la cruz egipcia, la serpiente, el sol, la luna, la estrella de cinco puntas y otros jeroglíficos.

Las imágenes  en su conjunto tiene un carácter andrógino como las esfinges.

¿Hay que ver en estas imágenes  un eco de la tradición de los Thiphilims hebreos, protectores de las tribus judías? ¿a alguna divinidad secreta del Asia Menor que pudieron haber llevada a Europa desde el Oriente los Templarios? Su forma andrógina hace pensar en ciertas sectas maniqueas salidas de las escuelas gnósticas.

En todo caso el papel tentacular y talismático de estas cabezas o imágenes andróginas que la tradición ha atribuido a los Templarios está todavía por resolverse.

Pero el crimen de idolatría no fue todo. Aseguraban también que sus sacerdotes o consagraban las hostias al celebrar el Oficio Divino, que se les aparecía un gato negro al cual le rendían culto en los Capítulos.

Algunas veces uno o varios demonios se hacían visibles bajo diversas formas, en particular la de mujeres que se unían en forma nefanda a los religiosos y hasta se aseguraba en ciertas regiones que el diablo se llevaba todos los años un Templario.

Estos relatos repetidos por todas partes en las actas del proceso, se aumentaban todavía con mayores inverosimilitudes, murmuradas en voz baja en los oídos. Se trataba de traiciones de los Caballeros a la causa cristiana, de los sortilegios de las cuerdas de castidad que cada uno llevaba en torno de la cintura, de los polvos mágicos hechos con las cenizas de los templarios muertos o de los cadáveres de niños sacrificados y mil otras historias del mismo género de que se alimentaba la crédula imaginación popular.

Un escritor contemporáneo, que cito por ser ortodoxo – Teodoro de Cauzons – en su tomo II de su obra “La Magia y la Hechicería en Francia”, dedica un largo capítulo a los Templarios.

Dice entre otras cosas: “Inventados, o denunciados por reales, los crímenes del Temple debieron aparecer  monstruosos a un público no solamente creyente sino que crédulo”.

Si nosotros agrupamos a nuestro turno, los primeros reproches enunciados por los agentes del rey y las otras revelaciones hechas sucesivamente por los religiosos delante de los inquisidores, nos es verdaderamente imposible admitir en una sociedad compuesta de varios miles de miembros, la realidad de las monstruosidades universalmente practicadas y conocidas de todos.

¿Cómo se habría podido guardar, yo no digo durante un siglo, sino por pocos años, algunos meses solamente, el secreto sobre hechos tan extraños y culpables?

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